Hay un chiste incómodo que lleva años rondando la computación cuántica: si un ordenador cuántico resuelve en cinco minutos un problema que a un superordenador clásico le llevaría milenios, ¿cómo compruebas que la respuesta es correcta?
No es un juego de palabras. Es el agujero real que arrastran todas las demostraciones de “supremacía cuántica” desde 2019. La forma habitual de enseñar músculo es el muestreo de circuitos aleatorios: se ejecuta un circuito enrevesado y se comprueba que la distribución de resultados es la esperada. El problema es que verificar esa distribución es tan difícil como calcularla. En cuanto el experimento se hace lo bastante grande para ser interesante, ya no se puede comprobar, y hay que fiarse de suposiciones sobre cómo se comporta el ruido de la máquina.
Un equipo de IBM y la Universidad de Chicago acaba de publicar un trabajo que ataca justo eso. Su artículo, Sampling hard circuits with verifiably high fidelity, se subió a arXiv el 28 de julio de 2026.
Y la cifra que resume el resultado es curiosa, porque parece mala: una fidelidad de 0,284. Es decir, que el estado cuántico que obtuvieron se parece al ideal en torno a un 28 %.
Esa cifra tan modesta es exactamente la noticia. No porque sea alta, sino porque por primera vez a esta escala está demostrada, no estimada.
El truco: un circuito fácil de vigilar al que se le añade justo lo difícil
Para entender la idea hay que conocer una frontera muy concreta de la computación cuántica.
Existe una familia de operaciones llamadas puertas Clifford. Tienen una propiedad demostrada desde los años noventa: un circuito hecho solo de puertas Clifford, por muy grande que sea, se puede simular eficientemente en un ordenador normal. No importa que use cien qubits: no sirve para demostrar ninguna ventaja cuántica, porque un portátil lo replica.
A cambio, esos circuitos tienen una virtud enorme: encajan de forma natural con los códigos de corrección de errores. Son ordenados, predecibles y se les puede poner un sistema de vigilancia encima.
Y luego están las puertas T, que son las que rompen esa simulabilidad. Meter puertas T en un circuito Clifford es lo que lo convierte en clásicamente intratable.
La receta
Lo que hace el equipo es aprovechar las dos cosas a la vez. Cogen un circuito Clifford de 70 qubits y profundidad 70 —fácil de proteger y de vigilar— y lo “dopan” con 468 puertas T, las justas para que un ordenador clásico ya no pueda seguirle el ritmo.
El resultado son los que llaman circuitos estructurados: mantienen las garantías demostrables de dificultad y, al mismo tiempo, admiten ser codificados dentro de un código cuántico. Esa combinación es la que nadie había conseguido, porque los circuitos aleatorios que se usaban hasta ahora son justo lo contrario: difíciles, sí, pero un caos imposible de auditar.
Dónde está la verificación. Al estar el cálculo metido dentro de un código de corrección de errores, la máquina va midiendo síndromes: unas comprobaciones que delatan cuándo se ha colado un error, sin llegar a estropear el cálculo en sí.
La gracia es que esos síndromes hacen doble trabajo. Sirven para filtrar las ejecuciones que salieron mal y, además, funcionan como prueba estadística de la calidad del resultado. La estructura del circuito y las medidas del código son, juntas, el certificado.
En lugar de tratar el ruido como un estorbo que hay que esconder, lo incorporan al diseño para medirlo.
Los números del experimento
- 70 qubits de circuito, con profundidad 70.
- 468 puertas T, la parte que lo hace clásicamente duro.
- 97 qubits físicos en total para codificarlo, usando los llamados códigos espaciotemporales.
- Las tasas de error de puerta se reducen 10 veces tras el filtrado por síndromes.
- Cota inferior de fidelidad: 0,284, con un 95 % de confianza.

Por qué un 0,284 es una buena noticia (y cuál es la letra pequeña)
Una fidelidad de 0,284 suena a suspenso. Conviene entender por qué no lo es, y también dónde están los límites de verdad, que los hay.
Por qué no es tan malo como suena
La fidelidad de un circuito decae exponencialmente con la profundidad. Cada puerta añade su pizca de error, y esos errores se multiplican, no se suman. En un circuito de profundidad 70 con casi 500 puertas no-Clifford, lo esperable sin protección sería una fidelidad indistinguible de cero: puro ruido.
Que quede casi un 30 % de señal reconocible después de todo eso es precisamente lo que compra el código de corrección de errores. De ahí el “10 veces menos error” del que habla el artículo.
Pero el titular no es ese. El titular es la palabra “cota inferior”. No están diciendo “creemos que la fidelidad ronda el 0,284”: están diciendo “podemos demostrar que es al menos 0,284”. En un campo donde hasta ahora las cifras de fidelidad eran estimaciones indirectas que dependían de dar por buenas ciertas hipótesis sobre el ruido de la máquina, eso es un cambio de categoría.
La letra pequeña, que es importante
Depende del aparato. Los propios autores lo dicen: el certificado es “dependiente del dispositivo”. No es una prueba universal que puedas aplicar a cualquier ordenador cuántico; es una prueba sobre esa máquina y ese circuito. Eso sí, exige hipótesis sobre el ruido bastante más débiles que los métodos anteriores, y ahí está la mejora.
Hay post-selección. El factor de 10 en reducción de errores llega después de descartar las ejecuciones cuyos síndromes indican que algo salió mal. Es una técnica legítima y muy usada, pero implica que se tira parte del trabajo, y a medida que los circuitos crecen la fracción descartada crece con ellos. No es una estrategia que escale indefinidamente.
Setenta qubits no rompen nada. Conviene decirlo claro porque cada noticia de computación cuántica reactiva el mismo miedo: esto no tiene nada que ver con romper el cifrado de tu banco ni de tus criptomonedas. Para factorizar claves RSA reales harían falta millones de qubits físicos con corrección de errores completa. Aquí hablamos de 97.
Qué es lo que realmente se ha movido. El artículo no presume de haber hecho el cálculo cuántico más grande, ni el más rápido. Presume de algo más aburrido y más útil: de haber construido un método sistemático para que un cálculo cuántico difícil venga con su propio comprobante de calidad.
Como resume uno de los firmantes, Soumik Ghosh, las implicaciones van más allá de la validación y apuntan a “desbloquear aplicaciones prácticas para la próxima generación de ordenadores cuánticos”. Traducido: sin una forma fiable de saber si el resultado es bueno, un ordenador cuántico no sirve para nada útil, por potente que sea. Un cálculo que no puedes verificar no es un cálculo, es una corazonada cara.
Quién firma
El trabajo lo firman Simon Martiel, Jay-U Chung, Alireza Seif, Soumik Ghosh, Ian Hincks, Abhinav Deshpande, Bill Fefferman, Jay M. Gambetta y Ali Javadi-Abhari, entre IBM y la Universidad de Chicago. Entre ellos están Bill Fefferman, profesor de informática en Chicago y una de las voces de referencia en la teoría de la complejidad cuántica, y Jay Gambetta, director de investigación de IBM.
Es, además, un artículo en preprint: está publicado en arXiv y todavía no ha pasado revisión por pares. Es lo normal en este campo, donde arXiv va meses por delante de las revistas, pero conviene tenerlo presente.











