La historia de DJI: de un proyecto universitario al gigante que domina los drones

Rubén Castro, 2 julio 2026
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Hoy, si piensas en un dron, casi con toda seguridad piensas en un DJI. No es una exageración: la empresa china controla más del 70% del mercado mundial de drones y, en el terreno de los drones de consumo, su cuota supera el 90%. En 2025 facturó alrededor de 80.000 millones de yuanes (unos 11.500 millones de dólares). Es, sin discusión, la marca que ha convertido volar una cámara por el cielo en algo que puede hacer cualquiera.

Lo fascinante es cómo empezó todo: no en un gran laboratorio, sino con un proyecto de fin de carrera de un estudiante obsesionado con los helicópteros de radiocontrol. En menos de dos décadas, ese proyecto pasó de una habitación en Shenzhen a dominar un sector entero, aplastar a rivales tan potentes como GoPro y, de regalo, sembrar la semilla de otra revolución tecnológica: la de las impresoras 3D de Bambu Lab.

Esta es la historia de DJI: la de una empresa que apostó una y otra vez por la ingeniería y la innovación mientras sus competidores se quedaban quietos. Y también la de por qué esa apuesta, con el tiempo, le ha traído tanto éxito como problemas.

De un proyecto de fin de carrera al gigante de Shenzhen

La historia de DJI es inseparable de la de su fundador, Frank Wang (Wang Tao, nacido en 1980). De niño estaba obsesionado con los helicópteros de radiocontrol, pero le frustraba lo difíciles que eran de pilotar: se estrellaban a la mínima. Esa frustración —querer que una máquina voladora se mantuviera estable y quieta en el aire por sí sola— acabó siendo la idea que lo cambiaría todo.

Mientras estudiaba en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong (HKUST), Wang eligió como proyecto de fin de carrera construir un sistema de control de vuelo para helicópteros. El proyecto no fue perfecto (el aparato acabó estrellándose en la demostración final), pero llamó la atención de un profesor de la universidad, Li Zexiang, un experto en robótica que vio talento donde otros veían un suspenso. Li lo llevó al programa de posgrado y, más adelante, invirtió en su empresa y se convirtió en una figura clave de DJI.

2006: nace DJI

Para principios de 2006, Wang y su equipo habían logrado que su controladora mantuviera un vuelo estable y aterrizara con suavidad. Publicó los resultados en un foro de aeromodelismo y ofreció el sistema por unos 50.000 yuanes. Al ver que había mercado, ese mismo 2006 fundó DJI (siglas de Da-Jiang Innovations) junto a un par de compañeros, en un pequeño piso de Shenzhen, la ciudad-fábrica de la electrónica mundial.

Los primeros años fueron duros. DJI no vendía drones, sino componentes de control de vuelo a universidades, empresas eléctricas y aficionados. Había mucha rotación de personal y poco dinero. Pero la tecnología era buena de verdad: en 2009, un sistema de DJI permitió a un aparato sobrevolar de forma controlada la cima del Everest, una demostración impresionante de lo estable que se había vuelto su tecnología.

La ventaja de Shenzhen. Que DJI naciera en Shenzhen no fue casualidad. La ciudad concentra fábricas, proveedores de componentes e ingenieros como ningún otro lugar del mundo. Eso permite prototipar rápido y barato: probar una idea por la mañana y tener la pieza fabricada por la tarde. Esa velocidad de iteración sería una de las grandes armas de DJI.

Hacia 2010, DJI empezó a mirar más allá de China y a dirigirse a los aficionados a los drones de todo el mundo. Pero el gran salto, el que convertiría a DJI en un nombre conocido en cualquier casa, todavía estaba por llegar.

El Phantom: el dron que cualquiera podía volar

En 2013, DJI lanzó el producto que lo cambió todo: el Phantom. Hasta entonces, tener un dron con cámara significaba montarte tú mismo el aparato, calibrar la electrónica, sujetar una cámara con bridas y rezar para que no se cayera. El Phantom llegó listo para volar nada más sacarlo de la caja, con un precio de 629 dólares y una facilidad de uso que no tenía rival.

Fue el primer dron recreativo comercialmente exitoso de la historia y uno de los productos más influyentes del sector. De repente, hacer fotografía y vídeo aéreos dejó de ser cosa de profesionales con presupuesto de cine y pasó a estar al alcance de cualquier aficionado. Ese blanco inconfundible del Phantom se convirtió en la imagen misma de “un dron”.

A partir de ahí, DJI no paró de iterar:

  • 2015 — Phantom 3. Con transmisión de vídeo en directo integrada. Ese año DJI ya era la mayor empresa de drones de consumo del mundo.
  • 2016 — Mavic Pro. El gran salto de diseño: un dron plegable que cabía en una mochila sin sacrificar apenas prestaciones. Redefinió lo que se esperaba de un dron portátil. Puedes leer nuestra review del DJI Mavic Pro para ver por qué marcó época.
  • 2017 — Spark. Un mini-dron que despegaba de la palma de la mano y se controlaba con gestos.
  • Gama Mini. Drones de menos de 250 gramos, un peso clave porque en muchos países quedan fuera de las normativas más estrictas.
  • Serie Air. El punto medio perfecto entre potencia y portabilidad, como el DJI Mavic Air 2.
  • DJI FPV. Para pilotaje inmersivo con gafas, entrando en el mundo de los drones de carreras.
¿Te pica la curiosidad y quieres empezar? Tenemos una guía definitiva para aprender a volar un dron desde cero.

La clave del dominio de DJI fue esa cadencia implacable: cada pocos meses salía un modelo mejor, más barato o más pequeño. Mientras la competencia intentaba responder a un producto, DJI ya estaba lanzando el siguiente. Y eso, como veremos, es exactamente lo que hundió a uno de sus mayores rivales.

GoPro contra DJI: por qué uno voló y el otro se estrelló

Pocas historias resumen mejor el ascenso de DJI que su choque con GoPro. A mediados de la década de 2010, GoPro era la marca de moda: sus cámaras de acción estaban en todas partes, había salido a bolsa en 2014 rozando una euforia total y su valor llegó a dispararse. Parecía imparable. Pero cometió un error clásico: quedarse quieta y depender de un solo producto.

El duelo del otoño de 2016

En septiembre de 2016, GoPro por fin dio el salto a los drones con el Karma, su gran apuesta para diversificarse. Apenas una semana después, DJI presentó el Mavic Pro: más pequeño, plegable, más capaz y con mejor tecnología de transmisión. El contraste fue demoledor.

Y entonces llegó el desastre. En noviembre de 2016, GoPro tuvo que retirar del mercado todas las unidades del Karma (unas 2.500) porque los drones se quedaban sin energía en pleno vuelo y caían del cielo. Un fallo así, en un producto que vuela sobre las cabezas de la gente, es la peor pesadilla de una marca. GoPro relanzó el Karma en 2017, pero ya nunca fue rival para DJI.

En enero de 2018, GoPro abandonó por completo el negocio de los drones y recortó unos 250-300 empleos (cerca del 20% de su plantilla). Su explicación: la fuerte competencia y un “entorno regulatorio hostil”. La traducción real era más simple: no podían competir con DJI.

El contraataque: DJI invade el terreno de GoPro

Aquí está lo genial (y lo cruel) de la jugada de DJI. No solo defendió su territorio de los drones: atacó el corazón del negocio de GoPro. En 2019 lanzó la Osmo Action, una cámara de acción que competía de tú a tú con las GoPro. Puedes ver los detalles en nuestro artículo sobre la DJI Osmo Action.

El resultado a día de hoy es contundente. DJI ha ido arañando cuota en el mercado de las cámaras de acción, un terreno que GoPro consideraba suyo, hasta superarla en varios mercados. Mientras tanto, las cifras de GoPro no paran de caer:

  • Ventas en descenso año tras año: unos 801 millones de dólares en 2024 (un -20%) y bajando aún más en 2025.
  • Pérdidas de cientos de millones de dólares y una acción que se ha desplomado.
  • Nuevas rondas de despidos (en 2026 anunció recortar alrededor del 23% de la plantilla).

Entonces, ¿por qué ganó DJI?

No fue suerte. Fueron decisiones:

  1. DJI es una empresa de ingeniería de sistemas; GoPro, de un producto. Un dron obliga a dominar a la vez motores, estabilización, sensores, control de vuelo, transmisión de vídeo, baterías y software, todo funcionando en armonía. DJI construyó esa maquinaria completa. GoPro era, en esencia, un sensor excelente dentro de una carcasa resistente, y nunca dominó la complejidad de un sistema volador.
  2. Innovación sin descanso frente a estancamiento. DJI reinvertía en I+D y sacaba generación tras generación, mejorando precio y prestaciones. GoPro vivió demasiado tiempo de su producto estrella y le costó horrores innovar más allá.
  3. Diversificación que funcionó… y diversificación que fracasó. DJI se expandió con éxito a gimbals, cine, cámaras de acción, agricultura y más. La gran apuesta de GoPro para diversificarse —el dron Karma— fue justo la que le explotó en las manos.
  4. Integración vertical y la ventaja de Shenzhen. DJI controlaba su tecnología y su fabricación de punta a punta, con toda la potencia del ecosistema industrial de Shenzhen detrás.

En resumen: una apostó por la innovación constante y la otra por administrar su éxito. En tecnología, quedarse quieto casi nunca es una opción segura.

Más allá de los drones: cine, campo y hasta bicicletas eléctricas

Uno de los grandes secretos de DJI es que dejó de ser “solo” una empresa de drones hace mucho. Aprovechó su dominio de la estabilización, los motores y el control de movimiento para colarse en un negocio tras otro:

  • Osmo (gimbals y cámaras de mano). La tecnología que mantiene estable la cámara de un dron sirve igual de bien en tierra. De ahí nacieron los estabilizadores Osmo Mobile para el móvil, la mini-cámara Osmo Pocket y las cámaras de acción Osmo Action.
  • Ronin. Estabilizadores profesionales para cámaras de cine, muy usados en rodajes de verdad.
  • Hasselblad. DJI se alió y acabó comprando la mayoría de la mítica marca sueca de cámaras, llevando su sensor y su ciencia del color a los drones de gama alta.
  • Agras (drones agrícolas). Grandes drones que fumigan y siembran campos enteros. Es un negocio enorme, sobre todo en Asia, y de los más rentables de la empresa.
  • RoboMaster. Una competición de robótica creada por DJI en 2015 que, además de espectáculo, le sirve como cantera para captar a los mejores ingenieros jóvenes.
  • DJI Power. Estaciones de energía portátiles para llevar electricidad a cualquier parte.
El giro más inesperado: las bicis eléctricas. En los últimos años, DJI ha entrado en el mundo de las bicicletas eléctricas con su sistema de motor Avinox (usado en las bicis Amflow). Aplicando su experiencia en motores compactos y potentes, ha sacudido un sector, el de las e-bikes, que parecía ajeno por completo a los drones. Otra prueba de que, en el fondo, DJI es una empresa de robótica y control de movimiento, no de un producto concreto.

Esta capacidad de exprimir su tecnología base en mercados nuevos es justo lo que le faltó a GoPro. Y, curiosamente, es también la filosofía que un grupo de ex-ingenieros de DJI se llevaría consigo para revolucionar un sector completamente distinto.

El dato curioso: cómo DJI acabó revolucionando la impresión 3D

Aquí viene una de las historias más curiosas del mundo tecnológico reciente, y explica por qué la influencia de DJI va mucho más allá de los drones.

En 2020, un ingeniero llamado Ye Tao (Dr. Tao) dejó DJI. No era un empleado cualquiera: llevaba desde 2012 en la empresa, había sido jefe de producto del Mavic Pro y llegó a dirigir el negocio de drones de consumo. Junto a otros cuatro compañeros —también salidos de DJI— fundó una nueva empresa en Shenzhen: Bambu Lab.

¿A qué se dedicaron? A algo que, a primera vista, no tiene nada que ver con volar: impresoras 3D de escritorio. Pero aplicaron exactamente la misma filosofía que habían aprendido en DJI.

La misma receta, otro sector

Durante años, las impresoras 3D de consumo fueron como los drones antes del Phantom: había que montarlas, calibrarlas a mano, pelearse con mil ajustes y tener mucha paciencia. Eran cosa de aficionados muy técnicos.

El equipo de Bambu Lab entendió el problema igual que DJI había entendido el de los drones: una impresora 3D no es una simple máquina mecánica, es un sistema complejo de motores, sensores, control de movimiento, software y experiencia de usuario, todo trabajando junto. Exactamente el tipo de problema que habían resuelto con los drones.

En 2022 lanzaron en Kickstarter la Bambu Lab X1, y arrasó. Ofrecía cosas que parecían magia frente a la competencia:

  • Impresión muchísimo más rápida gracias a un sistema de movimiento tipo CoreXY.
  • Calibración automática: prácticamente funcionaba nada más encenderla.
  • Impresión a varios colores con su sistema AMS.
  • Monitorización y control desde el móvil.

La revista TIME la eligió como uno de los mejores inventos de 2022. En pocos años, Bambu Lab pasó de la nada a ser una de las marcas de referencia de la impresión 3D doméstica, repitiendo el mismo truco que DJI: meter toda la dificultad dentro de la máquina para que el usuario solo tenga que darle a un botón.

Moraleja. Bambu Lab demuestra que lo que hizo grande a DJI no era solo hacer drones, sino una forma de entender la ingeniería y el producto. Cuando esos ingenieros se marcharon y la aplicaron a las impresoras 3D, provocaron una revolución idéntica en otro sector. Si quieres entender ese mundo, echa un vistazo a nuestra guía de impresión 3D para principiantes.

Las sombras: seguridad, polémicas y el veto de Estados Unidos

El dominio de DJI también tiene una cara incómoda. Ser una empresa china que fabrica aparatos con cámara, GPS y conexión a internet, y que vuela por medio mundo, la ha puesto en el centro de una tormenta geopolítica.

  • Lista de Entidades de EE. UU. (2020). El Gobierno estadounidense incluyó a DJI en su lista negra comercial alegando su presunta implicación en la vigilancia de la minoría uigur en Xinjiang. DJI ha negado repetidamente ese tipo de acusaciones.
  • Debate sobre los datos. Durante años se ha discutido si los drones de DJI podrían enviar información sensible a China. La empresa lo niega y ha añadido modos que impiden que el dron transmita datos a internet, pero la sospecha, fundada o no, ha marcado su relación con los gobiernos occidentales.
  • El cerco se estrecha (2025). A finales de 2025, en Estados Unidos se dio un paso más al incluir los drones de fabricación extranjera en la llamada Covered List de la FCC, lo que bloquea en la práctica la autorización de nuevos modelos de DJI para su venta e importación normal en el país.
Un gigante en la cuerda floja. DJI se enfrenta a una paradoja difícil: es tan buena y tan dominante que se ha vuelto estratégicamente incómoda. Fabrica los mejores drones del mercado, pero su origen chino la coloca en el punto de mira de las tensiones entre Estados Unidos y China. Su futuro en Occidente dependerá tanto de su ingeniería como de la política.

Cronología de DJI de un vistazo

Los grandes hitos de la historia de DJI

AñoHito
2006Frank Wang funda DJI en un piso de Shenzhen
2009Un sistema de DJI logra sobrevolar la cima del Everest
2013Lanza el Phantom el primer dron de éxito listo para volar
2015Se convierte en la mayor empresa de drones de consumo del mundo
2016Presenta el Mavic Pro plegable justo cuando el GoPro Karma fracasa
2018GoPro abandona los drones incapaz de competir con DJI
2019Lanza la Osmo Action y ataca el negocio de cámaras de GoPro
2020EE. UU. incluye a DJI en su lista negra comercial
2022Ex-ingenieros de DJI triunfan con la impresora 3D Bambu Lab X1
2024Controla más del 90% del mercado de drones de consumo
2025Factura unos 11.500 millones de dólares y afronta nuevos vetos en EE. UU.

Por qué la historia de DJI importa

Más allá de las polémicas, la trayectoria de DJI es un caso de estudio perfecto. En menos de veinte años, un proyecto de fin de carrera se convirtió en una empresa que domina un sector entero, tumbó a rivales consolidados como GoPro y hasta sembró, a través de sus ex-empleados, la revolución de la impresión 3D con Bambu Lab.

La lección se repite en cada capítulo: ganó quien apostó por la ingeniería y la innovación constante, y perdió quien se conformó con administrar lo que ya tenía. Ya sean drones, cámaras de acción, bicicletas eléctricas o impresoras 3D, el patrón es siempre el mismo. Y esa, quizá, es la verdadera historia de DJI.

Rubén Castro

Rubén Castro

Redactor

Apasionado de explorar y diseccionar lo último en tecnología. Tengo mucha experiencia en el mundo de los ordenadores y el gaming, aunque también me gustan todos los tipos de gadgets.